Pequeña Coco…
Apareciste en un mal momento y me alegaste la vida, a mí y a todos los que te hemos conocido, sin saber que vendrían tiempos aún peores.
Cuando llegaste a casa tenías tres meses, y eras una cosita pequeña y gordita, juguetona y con un pelo precioso. Tus orejas fueron lo primero que me enamoró de ti, bolita de pelo. Además tenías esos ojos que decían tanto…
Después te volviste el doble de grande y curiosa, y sólo parabas quieta un segundo cuando veías una mano a la que acercarte para recibir caricias o una zanahoria que comerte en dos segundos. Deberías haberte visto, moviendo tus bigotitos y tus mofletes a toda prisa por si se la llevaban sin acabártela. Curiosamente, siempre te has comportado más como un perro que como una coneja, y eso te hacía el doble de especial si cabe. Siempre estuviste alerta, atenta a cualquier cosa. No sabes lo feliz que me hacías cuando me lamías el pantalón haciéndome saber que me querías, o cuando dabas saltos de felicidad por el salón porque nos querías mostrar lo contenta que estabas. Hay tantas cosas que decir de lo increíble que eras…
Todos los que te conocían se enamoraban al verte, y a ninguno nos extrañaba.
Ahora, casi tres años después, ya no podrás salir a recibir a todo el que entre por la puerta para que te acaricie un rato que tú esperabas y conseguías largo; ni tampoco correrás por la casa y te comerás los libros y cualquier cosa que veas cuando sepas que ninguno estamos mirando. Ya no estarás ahí cuando me despierte y salga de la habitación, ni cuando vuelva a casa, ni cuando me quede sola o esté enferma. Ni tampoco cuando llegue la noche y mamá y papá, tus “yayos”, después de trabajar se sienten a tu lado a darte todos los mimos que siempre te mereciste. Ya no te veremos más, y te necesitaremos. Te necesitaremos cada día de nuestra vida ahí, esperando impaciente a vernos entrar por la puerta en dirección a ti. Ahora sólo habrá silencio por la casa, porque sin ti se ha ido toda la alegría que reinaba en ella.
Es increíble cómo siendo un animal tan pequeño nos has dejado un vacío tan inmenso al haberte ido, de repente, de la noche a la mañana. Y cómo has pasado de dar saltos por la casa a irte para siempre quedándote a la vez en nosotros.
También es grandioso cómo puede un ser tan pequeño de tamaño e inquieto como tú convertirse en otro integrante más de la familia y tan imprescindible en nuestras vidas. Ha sido maravilloso tenerte estos dos años y medio, pequeña. Nunca me consideré tu dueña, sino tu madre. Eras como mi pequeña hija que yo sentía biológica, y eso nunca lo olvidaré. No hay comparación a lo que me hacías sentir al verte y tocarte, porque odiabas que te cogiesen en brazos, aunque todos deseábamos hacerlo.
Gracias por habernos hecho inmensamente felices desde que llegaste, Coco. Siempre serás lo mejor de mi vida y nuestra alegría.
Ser una mascota siempre te quedó demasiado pequeño, tú eras de la familia.
Tu madre, tu tía, tu prima y tus abuelos que te queremos no te olvidamos, pequeña. Hasta siempre.
05.10.11 – 12.07.14