Hace menos de dos meses tuve que despedir a mi cachorro del alma, mi Dylan. Un bull terrier precioso donde los haya, un bombón que se hacía no querer, adorar.
El vacío que has dejado en mi y en la familia es inexplicable. No hay día, ni momento, ni segundo que no piense en ti. Eramos uña y carne, todo lo haciamos juntos y mi día a día se basaba en ti, y yo feliz de que esto fuera así, por mucha ignorancia que no permita entender esto.
Aprovechaba contigo cada momento como si fuera el último, y menos mal que lo hice, porque quien me iba a decir a mi que la vida iba a ser tan injusta y mala como para obligarme a despedirme de ti con cuatro años recién cumplidos, con esa vitalidad que tuviste hasta el último momento, luchando hasta el final como un guerrero, porque seguro que no querías que te viéramos sufrir ni mucho menor irte, pero por desgracia no pudo ser…
Eras la fidelidad y la lealtad en persona. La bondad y la simpatía. El amor a base de lametones, momentos interminables y apoyo incondicional.
Por ti puse siempre la mano en el fuego, y nunca me quemé. Que grande eres cachorro!
Eres lo mejor que me ha pasado Dylan, y siempre, pero siempre, estarás en mi, tanto que te llevo conmigo en mi piel y en mi cuello.
Te quiero con toda mi alma bebote.
Sigue jugando con tu pelota como nadie mejor que tú lo hacía.
SIEMPRE, DYLAN.
I❤️BULL TERRIER